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No es tiempo de grietas

Por Sergio Omar Rodriguez

La República Argentina se encuentra hundida en una de sus mayores crisis económica y social que quedará en su historia, y que para sorpresa de propios y extraños su causa es ajena al propio país.

La Crisis permanente.

En la República Argentina se vive de una manera especial, si uno se compara con los demás países del globo terráqueo.

Así como otrora León Trotsky luciera ante la humanidad un modo de concebir a las sociedades bajo la leyenda de la revolución permanente, nuestro querido país pareciera haber adoptado analógicamente dicho lema bajo la virulencia del estado de crisis permanente.

Una crisis de fondo, es la que capitanea las demás versiones de un mismo estado que en la Argentina parece ser carácter endémico de su idiosincrasia.

Esa crisis de fondo es la crisis económica.  

El quiebre esperado cada década. 

Esta crisis endémica que acompaña a la República Argentina desde que tienen memoria nuestros padres y abuelos, los “cráneos” del saber la fundan en la mala administración de los recursos.

Afirman parsimoniosamente que, si se gasta más de lo que se tiene, el déficit, traducido implica un quiebre, que lo que trae es un shock económico que combina acomodamiento, devaluación e inflación.

Esto que genera un golpe seco a la confianza de los argentinos/as impacta en la confianza, generando ausencia de la misma.

¿En que se pierde la confianza? En aquello que pierde valor, primero lo fue la moneda, de la cual hemos pasado en tiempo reciente del flamante austral al peso argentino, luego en el valor de la palabra empeñada.

La crisis política, un aditamento fogueado en el último siglo.

Queda preguntarse, ¿Qué capital es el que pierde valor, cuando la perdida de la confianza reposa en la palabra empeñada?

Ni más ni menos que el capital político.

La gente se cansa de sus gobernantes, pierde la creencia en sus dichos o propuestas.

Lo que es más triste para una República, es que pierden la confianza en las instituciones, lo que en la historia se tradujo en sendos golpes a la democracia.

La pérdida de confianza en los gobernantes, termina extrapolándose a la economía.

No se confía en la economía que es administrada por quien me defrauda.

El retén de confianza que genera autodestrucción.  

Cuando la sociedad pierde confianza en el gobernante propio, empezará a buscar gobernanza ajena.

Así nace ese progresismo que concibe a los “países desarrollados” como los modelos a seguir, como ese ideal de sociedad con confianza. Como si ríos de sangre no hayan corrido en sus historias para zanjar tales diferencias.

Así nace, el dólar. Los “correctos del norte” de la América en vía eterna de desarrollo, resguardan el valor de los individuos de las naciones.

Lo que, en realidad, refuerza la desigualdad de los pueblos, porque la oferta y la demanda mandan en el capital.

A mayor demanda del dólar, mayor su valor, y esto ¿en detrimento de qué? Ni más ni menos que de las monedas de los países en vías de desarrollo.

Así la falta de confianza en la moneda local, destruye la economía de un país, generándole “caos” interno en la distribución de la riqueza o sociedades estables macroeconómicamente, pero con pésimos coeficientes de desigualdad social. 

Estos son los nuevos paradigmas de soberanía de las naciones. Sigue corriendo la misma exclusión de siempre, de toda la historia, pero está es más efectiva; porque la sangre que se desparrama no se visibiliza en guerras, sino que se dispersa en la invisibilidad de los excluidos del mundo.

Lo demás es la misma yerba de siempre, el mérito como el fundamento de que el pobre, nace y muere por su propia condición.

El pato descarriado del sur.

Eso es Argentina, un país que ha perdido confianza en sus gobernantes, y en su moneda local.

Pero que ha tenido auspiciosos deseos de descarriarse de ese modo de empobrecerse natural que condena la dependencia del dólar.

Alguna vez dominó el mundo el patrón oro, el patrón petróleo, en la actualidad el patrón monetario, en el futuro el patrón de la información.

Oro, petróleo, moneda fuerte, información; ¿Cuál es el valor que los une?

La atribución de confianza del país que más y en mejor calidad la ostente en el momento histórico determinado.

¡Eso es el capitalismo! No es una crítica al sistema, quizás sea menos malo que los demás.

En la Argentina, hubo sendos intentos de reducir las desigualdades, de promover una clase media sólida, un crecimiento económico fundado en economía productiva, la promoción del consumo como motor del mercado interno, entre demás medidas.

Estas políticas fueron encarnadas por lo que se conoce como Peronismo y Justicialismo, y denostado por los restantes movimientos políticos sociales de época.

Este Peronismo ha sido combatido en reiteradas oportunidades, acusado por mendaz y malicioso.

Es lógico, las vías de desarrollo deben ser eternas.

La histogrieta de siempre.

Así nace la grieta, entre los que defienden una postura y los que la detractan.

La grieta no la inventaron ni los Peronistas ni sus detractores.

Ya existía de antes, en la región como en la colonia. Unitarios y Federales, Rosistas y Antirosistas, Peronismo y Radicalismo, Peronismo y Antiperonismo entre otras fórmulas antinómicas.

En la actualidad, la desconfianza de siempre, pero potenciada con la perdida de crédito total de la sociedad hacia sus políticos representantes.

Ya paso en el 2001 con el hito de “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”.

Muchos volvieron para ser peores, otros se reciclaron bajo la nueva política pro moderna.

Pasan las crisis, pasan las monedas, se restructuran las deudas, pero la desconfianza sigue allí.

La pandemia un motivo de unión nacional.

Por momentos creímos en la Argentina, que atreverse a soñar en un país que no sea atravesado por la grieta era posible.

La incertidumbre sanitaria puso a los máximos referentes de todos los sectores políticos en un sentido homogéneo de responsabilidad institucional incentivado por el temor a lo desconocido.

Lo demás es historia conocida, la desconfianza brotó como lo hace la humedad de quien la tapa de manera negligente.

El combo explosivo.

A la crisis económica y política, tras escasos tiempos de cordura institucional y política, se le sumó la crisis sanitaria.

Otra vez el descarriado del sur a diferencia de los demás países del globo tomó la decisión superadora de traspasar la pandemia con la menor cantidad de perdidas económicas y de vidas humanas practicando políticas, en otros momentos denominadas “derrochistas”, pero acordes a la realidad pandémica, de sus recursos pudieran permitir

Otra vez el país del sur intentando ser, lo que no es por su naturaleza propia, un buen ejemplo.

No es tiempo para grieta.

Los políticos deberán entender en los tiempos que corren, que no es tiempo para grietas.

Las políticas y los actos que se lleven adelante tienen que ser por y para el respeto irrestricto de la humanidad del prójimo.

¿Buena oportunidad para recuperar la confianza perdida no?

Sería necesario que oficialismo y oposición recuperen capital político, a fin de poder trasladar a la sociedad argentina, un poco de paz, de esa que se han empeñado históricamente en arrebatarle.

De lo contrario, el estallido social será un latido latente, al mejor estilo de Edgar Alan Poe, un corazón delator del malestar social de los argentinos/as.

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